miércoles, 10 de diciembre de 2014

Incomprensible espíritu, a veces faro, a veces mar

Por: Karen Cuesta, Dolores Ferré y Florencia Méndez

Leo Batic trabajó para empresas como Warner y Disney en Estados Unidos. Escribió libros, cómics e ilustra portadas para diferentes editoriales. Es un buscador de la espiritualidad de la gente y amante de los seres mitológicos. A pesar de todo el camino recorrido, se considera a sí mismo un tipo normal, que después de su último divorcio volvió a usar los tiradores. 



La primera vez que Leonardo Batic discutió de verdad con una mujer tenía veinticuatro años. Fue con la que, dos años después, sería la madre de su primer hijo.

Roxana estaba estudiando Medicina. Una chica correcta, no demasiado tímida y bastante escéptica. Era graciosa y a veces hacía comentarios ácidos, por lo que Leo nunca le había contado sobre una de sus pasiones: los seres mitológicos. Tenía miedo de parecerle un tarado y quería impresionarla.

Esa noche habían ido a cenar a la casa de sus padres para presentarla y ella iba muy bien vestida. Estaban preparando un asado. Roxana se ofreció a ayudar, pero Stella Maris, la madre de Leo, la sentó en la mesa. No iba a dejar que la primera novia que presentaba su hijo tuviera que trabajar en esa casa.

Dibujos de Leo en su departamento
Pasó hora y media, y se encontraban comiendo cuando Roxana comenzó a ponerse incómoda. “Leo, ¿el baño?” le dijo en voz baja, y después de que se retirara Stella Maris habló: “qué educada parece la chica”. Había charlado con ella toda la noche.

Pero Roxana no habló más. Llegó a la mesa pálida y transpirando, y cuando le preguntaron dijo que le había bajado un poco la presión en el baño; nada para preocuparse.

Cuando la cena terminó era tarde, y ella tenía que ir a facultad al otro día. Decidieron irse en el auto de él, que no era digno de ninguna cita. “Estaba medio sucio y escondía algunos de mis dibujos en la parte de atrás, para que ella no los viera”, dice él. “Si hoy lo pienso me parece una pelotudez”.

Cuando ya llevaban unas cuadras ella le pidió que pare el auto. Comenzó a marearse y parecía a punto de llorar. No quería decir lo que le pasaba, y él no sabía qué decirle. “Podía ser desde que no le había caído bien mi familia hasta un embarazo”, dice. Pero no era nada de eso.

—No, no te voy a decir. Te voy a parecer una pelotuda —le dijo mientras se secaba rápido las lágrimas.

—Dale, que me ponés nervioso. ¿Por qué llorás? ¡No llores!

Roxana lo miró y lloró más fuerte. Leo dejó pasar unos minutos y volvió a preguntarle.

—Bueno, pero me tenés que prometer que no te vas a enojar.

Él lo prometió, y tuvo que acercarse más a ella cuando comenzó a hablar en voz baja.

—¿Ustedes tienen un gato? ¿O puede haberse metido uno a tu casa?

La familia Batic tenía un perro demasiado grande como para permitirse otra mascota; Sansón, que en cuatro patas medía casi un metro, era el favorito de todos los invitados.

—Cuando fui al baño y abrí la puerta salió un duende, y subió la escalera. Pero capaz era un gato.

—¿Un gato en cuatro patas?

—No. En dos.

Leo quiso volver inmediatamente, pero Roxana no lo dejó. No quería ir a su casa de nuevo, y él no pudo evitar contarle lo mucho que le gustaba la mitología. Ella lo miró seria, pero no habló.

La tuvo que llevar a su casa, pero apenas la dejó volvió a la suya. Los padres y su hermano se sorprendieron al verlo llegar, pero lo ayudaron a buscar por toda la casa cuando les dijo por qué. El resto no estaba demasiado seguro de qué querían encontrar, pero aún así lo hicieron.

Leo no habló por varios días con Roxana, casi enojado de que no le hubiera dicho en el momento. Cuando se encontraron de casualidad en la calle fueron a tomar un café.

—¿Y? ¿Lo encontraron? —le preguntó ella apenas se sentaron.

—No —le respondió—. Pero me encontraste a mí.

Y dos años después tuvieron un hijo.



Leo se levanta a la madrugada, escucha gritos. Normalmente sólo es música, y recién alrededor de las cinco los adolescentes salen de las cenas de egresados. Pero esta vez son tres chicos, que están a punto de agarrarse a trompadas en medio de la calle. Los empleados de la estación de servicio de la esquina los miran, pero no los separan.

Hace pocos días terminó de mudarse. Después de la separación de su segunda esposa, con la que tiene dos hijas en común, vivió en una casa que poco tiempo fue ocupada como tal: casi nunca iba a dormir allí, ya que compartía un departamento con su actual pareja.

Ahora son seis; a veces siete. Él, su pareja, Nahuel y Sofía, sus hijos, Morena y Abigail, la hija y ahijada de ella; a veces Brenda, la más pequeña de sus hijas, se queda a dormir junto al resto de la familia: “los míos, los tuyos y los nuestros”, dice Guillermina. De una casa apartada de la ciudad, en la que tenía parque para leer a sus anchas, pasó a un piso en 59 y 18, a pocos metros de “Casa Frawen’s”. De ahí el barullo.

Su problema con su ex mujer era su libertad individual. Desde que se separó usa tiradores, algo que no hacía desde su época de universitario. "Mi anterior mujer no me dio la oportunidad de usarlos; problema mío, en realidad, por boludo, por no decirle que no. Son esas cosas que uno deja de hacer y después le hacha la culpa al otro". 

Apenas se levantó la mañana siguiente a su separación fue a comprar tiradores. Y desde ese entonces se ha comprado varios más.



Es automático: abre la lata de yerba despacio, prestando atención a lo que la otra persona está diciendo; la vuelca en el mate, con tal precisión que no tiene que mirar para saber que toda la superficie está cubierta o que ya es suficiente; pone la bombilla mientras habla y responde, o muchas veces mientras da consejos. 

“Siempre hago mate, es algo así como un ritual de encuentro”, dice mientras ceba y toma el primero para hacer los honores de llevarse lo más amargo. “Si yo te preguntara tres características mías, ¿vos cuáles dirías?”. La respuesta es fácil y viene de aquellos alumnos presentes en su taller de los lunes: el sombrero, el mate y la sonrisa.

Leo en su taller de dibujo
Leo es profesor. Da talleres los lunes, martes y jueves en La Plata, y otros dos los viernes en Buenos Aires. Cuatro son de dibujo y escritura, y otro lo dicta con su pareja, Guillermina: “Pensando con el Dragón Azul” se centra más en la espiritualidad interceptada por la psicología, la profesión de ella. Y este taller nació de Facebook.

“Un día me levanté reflexionando sobre lo que me estaba pasando en ese momento y tenía que decírselo a alguien, porque si lo dejaba adentro me iba a intoxicar. Lo puse en Facebook, como un estado firmado por el Dragón Azul, uno de los personajes que dibujé toda mi vida y que ilustra mi foto de perfil”.

A la gente pareció gustarle y se sintió identificada. Dos días después comenzaron a llegarle mails y mensajes privados pidiendo más reflexiones, más Dragón Azul, e incluso un libro que está por sacar la próxima semana.

Desde chico le gustaron los amigos imaginarios. Según él, si se mantienen, a la larga su realidad termina siendo mucho más concreta que la de las personas que están alrededor. “Muchas veces ayudan a las personas, e incluso por mi historia personal a mí también me ayudaron. Creo que eso es un poco lo que envuelve al Dragón Azul para el resto de la gente”.



Intenta volver a la cama, pero no puede dormir. Se prepara mate, intenta no despertarla a ella. Se sienta mirando al ventanal que da a la calle, sin hacer ruido para que su hija, que se quedó dormida en el sillón, no se despierte. Mañana tiene que ir al colegio.

“Muchas veces se ríen de mí, de lo que pienso. Al parecer, aquél que cree en un ser con alas y aureola es ‘creyente’, y el que cree en la mitología delira”. Llega la policía al salón de fiestas. Intentan separar a los chicos. Él ceba.

“Pero sé que se ríen porque no pueden creer en lo que yo creo, o muchas veces intentan convencerse de que no lo hacen. La realidad es que vi y viví tantas cosas fuera de mi entendimiento que soy muy respetuoso con lo que la gente cree, desde las religiones hasta las leyendas y creencias”.

Esto le debió todos sus libros. La trilogía de “El Último Reino”, una de las obras que más impulsó al fantasy argentino en los últimos años, la trilogía “Seres mitológicos argentinos”, que cuenta con un tour por toda la Argentina recopilando relatos locales junto a sus dibujos de los seres, su última novela “Soy mago” y muchos otros ilustrados. Trabajó para Warner y Disney en Estados Unidos, creó bocetos de muchos dibujos animados que aún se ven hoy en día y fue elegido para representar a nuestro país en la Bienal de ilustración de Bratislava en 2005 y 2007. En el 2005 quedó entre los cinco finalistas para el premio Poroti, entregado por los chicos de Polonia al mejor ilustrador; el único argentino que llegó.

Se considera a sí mismo un buscador de la espiritualidad de la gente. Cree que es un lugar que la humanidad se debe en estos momentos, que está tan avocada a lo material. 

—Cada uno tiene una riqueza y creo que se tiene que encontrar en algún momento de la vida.

Leo fue católico durante mucho tiempo; no era practicante, pero sí sentía que creía en algo. En algún momento que no puede determinar se dio cuenta de que no le servía a la Iglesia, así que se fue. Ahora es ateo, pero no del todo: cree en algo, cree en los seres, la espiritualidad y respeta al resto.

Sus padres jamás quisieron influenciarlo en nada; lo adoptaron de chico y, si bien el padre era católico practicante, su madre creía en Dios de una manera diferente, en la que no incluía a la Iglesia. Cuando se decidió por creer lo que ahora cree lo apoyaron, al igual que su hermano Javier; para Stella Maris toda creencia que a uno le haga bien es válida. Y eso le quiso transmitir a su hijo desde temprano.

Dibujos de Leo en su departamento
Recuerda que una vez, caminando por Nueva York con una amiga, ella le preguntó cómo se definiría a sí mismo. Distraídos entraron a un bar, y después se tomó un tiempo para pedir: “como un faro”, dijo, mientras ella se largaba a llorar. "Miraba alrededor y después me miraba a mí. Le pregunté qué pasó, y me señaló al costado. Cuando miré al resto de las personas, el bar estaba ambientado con faros, porque ese era su nombre. Ahí empecé a darme cuenta de que todo pasa por algo, y eso es lo que yo quería ser: un faro para iluminar a la gente y dejarlos que hagan su camino a través de su propio mar".

No quiere intentar transmitir nada a ninguno de sus hijos que no sean los valores básicos que en su opinión deberían tener. “Nunca está de mal humor”, dice Morena mientras se delinea los ojos en el espejo, porque es su cumpleaños. “Cuando se enoja nos habla de una forma tranquila e intentando hacer que entendamos. Prefiero eso antes de que me diga qué hacer porque sí. Me gusta que me enseñe sobre los derechos individuales”.

Lo único que sí transmite es el mate, el cual toman todos en la familia a excepción de la más pequeña. Pero saben que pronto dejará la chocolatada para sumarse al clan Batic del mate amargo.



Guillermina se levanta también alertada por el ruido, toma un par de mates y vuelve a la cama. Él le dice que en unos minutos la acompaña, pero es mucho más lo que se queda ahí sentado, entre sus dibujos.

—Antes de salir con ella supe que le gustaba lo que hacía. Había leído mis novelas junto a More, que se las se había comprado, y la había acompañado a un par de firmas de libros. Ahí compró un par de mis dibujos.

Pasa hacia la cocina y vuelve por entre algunas cajas desparramadas por el piso, que pronto serán más: aún no desocuparon el resto del departamento de ella, y muchas de las cosas las están llevando a su casa de cuando era soltero. Mira los cuadros de las paredes y sus dibujos entre las plantas que anteriormente estaban en un balcón amplio.

—A veces me siento incómodo, porque una cosa es estar en una habitación que sirve de estudio y estar rodeado de lo que uno hace… pero esto es demasiado de mí. Entro y en frente ya tengo colgados mis dibujos, al igual que cuando salgo de la cocina o cuando camino por el pasillo; me siento un poco intimidado.

Guillermina vuelve a salir de la habitación y se lleva una silla junto a él. Lo abraza.

—No te olvides de que yo te pregunté si podía ponerlos.

—Sí —responde él. Y vuelve a cebar mate.

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