Rubén Cristelli me recibe en su casa con un café y unas galletitas, una generosidad que puedo ver a lo largo de toda la hora y media que paso con él. Me cuenta sobre su familia, su trabajo y sus viajes a Italia con la misma naturalidad con la que revuelve su café."Mis viejos vinieron de Italia después de la Segunda Guerra Mundial. Mi madre murió con ciudadanía italiana, pero mi padre tuvo que nacionalizarse argentino por trabajo. Murió joven, a los 52. Y muchas cosas que logramos no las disfrutó", dice.
Rubén volvió varias veces a visitar a su familia en el país de sus padres. Quería conocer, retener sus países, nutrirse. Y aún así, aún con todas las experiencias que trajo de vuelta a Argentina, reconoce que puede ver más cosas tanas acá que allá.
"Allá las reuniones de domingo no existen, y cuando lo hacen no son espontáneas. Vos allá tenés que llamar antes a una casa para ir, no se te puede ocurrir ir a visitar a un amigo porque sí y caerle en su hogar como si nada".
Las costumbres tanas son de acá, dice. Los inmigrantes estaban desparramados hasta que comenzaron a juntarse, y entonces se creó una cultura que pocos países tiene. Su madre, por ejemplo, ama de casa y modista, se juntaba con su cuñada a coser y a hablar italiano en la casa de alguna de las dos; no necesitaban saber que la otra iba porque siempre era bienvenida.
"Hoy en Berisso y Ensenada hay contados casos en los que una persona no es descendiente de inmigrantes. En el Astillero Río Santiago, donde trabajo, debe haber menos de diez en esta situación. Todos nos nutrimos en su escuela, a sus alrededores; el astillero es una parte muy importante de la zona".
Rubén trabaja todos los días como supervisor en el taller de electromecánica, donde se hacen todas las partes eléctricas de los barcos, como los tableros y consolas. Él es uno de los 3500 empleados (aunque se han visto mejores épocas: 5000 empleados) que todos los días trabaja para el armado de los barcos, que cada vez son menos.
"Antes hacíamos cinco barcos por año, más o menos. Estamos trabajando con tecnología y máquinas que datan de la creación del astillero, nos es imposible. Aún no terminamos el 79 y 80, como llamamos a los dos petroleros venezolanos, y eso que hace más o menos ocho años que están ahí con nosotros". El material lo manda el armador, que en este caso es Venezuela, aunque los planos los hace una empresa de Brasil. Tienen tanta gente metida en el proyecto que cualquier reforma que podría hacerse en un día termina siendo en un mes.
Sonríe cuando dice que todo el tiempo entra gente joven a trabajar en el astillero. Es un orgullo para ellos saber que aún en estas épocas de tanta modernidad hay gente que se egresa del colegio del astillero como ingeniero naval, que no es un oficio perdido, y así se lo ve: feliz y orgulloso de que su pasión no vaya muriendo con el paso de los años.
Pero el problema que sí tienen es que cada vez hay más administrativos y menos gente que ponga manos a la obra. Son más los que se jubilan que los que entran, y eso para ellos es terrible.
"Cada vez somos más viejos, y hay cosas que ya no se pueden hacer" responde. "Hay algunos egresados que quieren aprender a hacer nuevas cosas y que son entusiastas, pero algunas veces hay otros que se quedan en su zona segura, en lo que saben hacer. Y eso a nosotros nos mata"
Rubén dice a sentirse muy a gusto con su trabajo y con la vida en el astillero. Habla de políticas, de falta de inversión y de que nuestro país no tiene barcos fleteros. "Miran para otro lado", cuenta; "parece como si nuestro trabajo no fuera importante, o como si los barcos no fuesen importantes".
Cuando se le pregunta sobre qué hay que hacer para que se invierta en el al astillero, sonríe y piensa antes de contestar. "Más que los proyectos e ideas que presentamos constantemente no podemos hacer" concluye, "pero al menos alguien cuida del astillero. Y somos nosotros".
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