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| Distintas cartas que Alicia obtuvo de su abuela |
Ana Peterka de Skraban fue una de las pocas inmigrantes que pudo volver a su tierra luego de armar su vida y su familia en nuestro país. Su nieta, Alicia Zubiaga, conmocionada tras su muerte, realizó el mismo viaje rumbo a Eslovenia treinta años más tarde.
Ana Peterka llegó desde un pueblo de Yugoslavia -actual Eslovenia- a Argentina en el año 1926. Como la mayoría de los inmigrantes, teniendo sólo veinte años, viajaba con la intención de trabajar para poder ayudar económicamente a su familia y luego volver a su país natal.
Cuando llegó se instaló en Berisso y comenzó a trabajar en el frigorífico Swift en condiciones inhumanas. Fue allí donde conoció al amor de su vida, se casó y tuvo dos hijos: un hombre y una mujer, esta última madre de Alicia. Su nieta la recuerda muy agradecida con Argentina, a pesar de las condiciones de trabajo. Comparadas con el sufrimiento que implica una guerra, el cansancio o la explotación parecían ser poco dolorosos.
"A mí me intrigaba el tema de la guerra, pero no preguntaba mucho porque mi abuela se ponía mal", cuenta Alicia. Ana evitaba ese tema, ya que era demasiado doloroso para ella. Podían preguntarle sobre cualquier cosa vivida menos sobre eso.
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| Diploma de Honor |
Después de haber vivido cincuenta años en Argentina, Ana recibió un Diploma de Honor por haberle brindado su vida, trabajo y afecto a nuestra tierra. En esa ceremonia, "cuando el embajador dijo 'piensen que acá están en suelo esloveno' me largué a llorar sin parar en medio de la embajada", confesó Alicia. Muchas veces llegó a confundir sus sentimientos con la historia de su abuela, sintiéndose ella también una eslovena.
Durante esas seis décadas Ana se contactó con su familia a través de cartas. Pocos eran los que habían quedado en su querido pueblo, y al igual que ella la mayoría de sus hermanos había emigrado escapando de la guerra.
Luego de soñar y ahorrar por mucho tiempo, su nieta logró pagarle el pasaje para que pudiese viajar hasta su pueblo a reencontrarse con sus familiares. La emoción desbordó a toda la familia por ese entonces. Lo que Ana Peterka había soñado durante toda su vida estaba a punto de cumplirse.
Se sorprendió mucho al ver las cosas tan cambiadas.
Imaginaba llegar para ayudar a su familia con la cosecha y dejarles dinero que podían llegar a necesitar, pero nada de eso fue así. Descubrió cómo trabajaban en el campo con máquinas y volvió a nuestro país hablando de combis y televisores a color -cosas que para ese entonces en Argentina no se veían-. El progreso del campo en Eslovenia estaba claramente marcado y Ana había quedado muy impactada y feliz por ellos.
Su nieta aún hoy duda si lograr concretar ese viaje fue mejor o peor. Al reencontrarse con su familia Ana había tenido que revolver sentimientos ocultos ya en el tiempo. Fue difícil el hecho de alejarse otra vez, volver a extrañarlos y sentirse fuera de su casa. Las ganas de viajar más seguido comenzaron a aparecer, pero nunca volvió a concretar otro viaje a Eslovenia.
Ana murió a los 99 años -en el año 2005-, y con su muerte florecieron las ganas de Alicia de conocer Eslovenia. En los ochenta no la había acompañado por motivos propios de la juventud: estudios y noviecitos; pero ahora estaba decidida a ir. La única manera de contactarse que encontró fue mandando cartas a todas las direcciones que tenían las cartas que recibía su abuela. De a poco fue obteniendo respuestas de todos estos lugares, menos de Francia. Al viajar se enteraría que ya no quedaba nadie en ese lugar y la dirección donde había enviado la carta pertenecía a otras personas.
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| Carta que recibió Ana |
La primera en contestarle fue una joven, que luego la contactó por Facebook. Después fue recibiendo respuestas de los distintos lugares hasta comenzar a relacionarse con todos los parientes de su abuela. A sus familiares les parecía extraño que -sin siquiera conocerlos- estuviese tan interesada en dar con ellos. Alicia cuenta que tiene un sentimiento muy fuerte por la cultura y la sociedad eslovena. Agradece el hecho de ser la única nieta mujer, recibiendo así todas las historias y anécdotas de su abuela. "Las costumbres de mi abuela se me fueron pegando, pasándome a mí sin que me diera cuenta", confiesa.
En el 2013 decidió que era el momento de viajar, y ya en contacto con sus familiares fue a conocer la antigua casa donde había vivido su abuela antes de emigrar.
"Mientras estaba por viajar era todo felicidad, pero cuando llegó el momento no paraba de llorar. Cuando llegué a la casa sentí que no aguantaba, que la emoción me superaba". Hoy en día ella sigue manteniendo contacto con las personas que conoció en aquel viaje y también con los sobrinos o sobrino-nietos de su abuela que se encuentran en otros países.
"Las ideas están, pero sin plata no se ven los logros", confiesa.
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| Foto tomada antes de que Ana migrara a Argentina |

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